Examen final

El día que Rodolfo murió, nadie se entristeció demasiado. Nunca se había casado y casi no tenía hijos. Es decir, tuvo tres hijos con diferentes mujeres, pero jamás se encargó de ellos ni reconoció a ninguno.
Sus vecinos lo repudiaban porque ni una sola vez pudieron contar con él para nada. La solidaridad no tenía cabida en su espíritu. De esto se fueron dando cuenta por una serie de hechos, el primero de los cuales fue el día en que se negó a ayudar a un vecino ciego a cruzar la calle, con el pretexto de que iba apurado. Demasiado preocupado por sí mismo, por su trabajo y sus investigaciones, era incapaz de establecer un vínculo profundo y humano. Las relaciones con sus mujeres fueron ocasionales y efímeras como lluvias pasajeras que cayeran sobre un campo fértil. La única relación perdurable la mantenía con sus libros que paradójicamente trataban acerca de la humanidad. Era Doctor en Antropología y siempre observaba a todos por encima de sus anteojos, con tal aire de superioridad, que hacía sentir una cucaracha a cualquiera que quedase bajo su mirada. 
Su forma de hablar, exageradamente culta, hacía reír al carnicero y al verdulero, que habían aprendido de él algunas palabras. Y en cuanto el antropólogo abandonaba el local, los dos comenzaban a burlarse:
–Buenas tardes, decía el verdulero que representaba al Doctor, ¿sería tan amable de expedirme medio kilo de tomates?
Y ambos estallaban de risa. 
Así que el día de su muerte no hubo lágrimas. Sólo el recuerdo fugaz de un humanista odiado por todos.

El antropólogo llegó apurado, como siempre, a la otra vida. Allí se evaluó su comportamiento, sus actitudes, sus méritos, sus esfuerzos y sacrificios.
Acostumbrado a los exámenes, no tuvo inconvenientes en responder las preguntas.
Contestó mal a todas. Y decidieron condenarlo. El castigo fue hacerle vivir su propio infierno. 
Enviado nuevamente a la tierra, hoy el barrio tiene una nueva vecina que barre para siempre la vereda, con ruleros y en chancletas.