Boletos

Harto de lidiar con la saliva ajena, con los pernos, las coronas y las caries, el Dr. Augusto Freijer, salió del consultorio camino a su casa. Buscó las llaves del auto y recordó, con alguna molestia, que lo había dejado en el taller.

Se acomodó la gabardina, se puso los guantes y abrió el paraguas.

En la remisería de enfrente ya no quedaban autos disponibles, y los taxis pasaban todos ocupados.

Otra vez la incomodidad del colectivo, pensó.

La lluvia atravesaba el viento, percutía contra los paraguas de los desdichados que, como él, soportaban resignados la tormenta.

Al fin entrevió las luces del 97. Subió y sacó boleto. Cuarenta minutos después —y sin haber podido sentarse en todo el viaje—, se bajó en la terminal junto con el resto de los pasajeros.

El temporal había amainado. Freijer caminó una cuadra esquivando charcos y baldosas flojas. En la esquina, justo antes de cruzar, una voz de hombre lo sobresaltó:

—¡Freijer! ¡Doctor Freijer!

Freijer se dio vuelta.

—Su boleto, por favor —dijo un gordo con el cigarrillo de costado.

—¿Cómo? ¿Qué boleto? ¿Quién es usted?

—Inspector Garmendia, línea 97.

—¿Cómo sabe mi nombre? ¿Qué boleto?

El gordo se sacó el cigarrillo, largó el humo por la nariz, y dijo levantando una ceja:

—¿Qué clase de inspector sería si no supiera el nombre de todos mis pasajeros?

—¿Sus pasajeros? ¿El boleto? Lo tiré, creo... —dijo desconcertado mientras buscaba en los bolsillos de la gabardina— hace más de una cuadra que...

—Si no lo encuentra —contestó el inspector sacando pecho—, me va a tener que acompañar.

—Pero… tiene que haber un error. ¿Desde cuándo hay que guar…?

—Ningún error, señor. Acompáñeme. Es aquí nomás, enfrente. —Y señaló el edificio más grande de la cuadra.

La cercanía del lugar, y la seguridad de que se trataba de un malentendido hicieron que Freijer se resignase y lo siguiera.

Sin decir palabra cruzaron la calle. El olor a vino tinto que emanaba de aquel símbolo de autoridad hizo sospechar al doctor, quien enseguida le pidió al inspector que se identificase. El buen hombre no tardó en exponer su orgullosa credencial, con una sonrisa chueca, que dejaba entrever sus dientes —sus pocos dientes— amarillos y carcomidos, seguramente, por el tabaco y el alcohol. Su credencial, ese papel plastificado con manchas marrones y puntas dobladas, lejos de reafirmar su poder ante el doctor, había logrado disminuir aún más su credibilidad. Pero Freijer quería zanjar el asunto cuanto antes.

Entraron a las Oficinas de la Terminal, según se leía en un ampuloso cartel. Caminaron por un pasillo largo y angosto plagado de puertas, cada una de las cuales se identificaba con un número mal pintado. Garmendia lo hizo pasar por la 127: una habitación enorme, repleta de sillas puestas en fila, de espaldas a ellos, y todas ocupadas. Al otro extremo de la sala, Freijer vio algunas ventanillas con una luz amarillenta, y otras totalmente a oscuras. Le recordaban, de alguna manera, la dentadura del inspector. Y se sintió dentro de una gran boca hambrienta.

El inspector le entregó un número y le ordenó:

—Siéntese ahí —y le señaló uno de los pocos asientos libres—. Ya lo comerán.

—¿Perdón, cómo dice?

—¡Que se siente ahí, que ya lo llamarán!

—No, no, no, de ninguna manera. Yo me voy. Este lugar es sofocante. Además, mire la cantidad de gente que hay. Yo tengo que volver a mi casa.

—Pero no puede irse ahora —lo increpó agarrándolo del brazo—. Nadie puede salir de aquí, a menos que ya haya sido atendido. Además, en el caso de que lograra salir, no le convendría ni por asomo.

—¿Por qué? ¡Esto es inaudito!

—Porque perdería el turno y eso implicaría que se le triplicase la multa.

—Y bueno, que se triplique —y sacudió el brazo para zafarse de aquellas garras mugrientas—. Yo me voy.

Pero no pudo: un guardia armado lo interceptó en la puerta y, como no tenía el certificado de que había sido atendido, no lo dejó salir.

Después de varios intentos de fuga —algunos más disimulados que otros—, el doctor terminó sentado, en medio de dos policías, esperando que lo llamaran.


El reloj de la pared marcaba las 04:25am cuando escuchó su número.

Después de que le hicieran completar tres formularios, la mujerona que lo atendió abrochó uno de los papeles a otro con el número 32 garabateado en rojo, y le dijo que debía presentarlos de inmediato en la Oficina de Infracciones de la Compañía, que quedaba “por allá”, y le señaló un punto impreciso, acaso cruzando el patio.

Apenas Freijer encontró la Oficina, presentó los papeles. Un tipo los selló y los encajó en una de las tantas pilas de carpetas y folios. Le dio otro número que—según le rugió— debía presentarlo en cuanto consiguiera nuevamente su boleto.

—Perdón… ¿cómo dice? ¿Mi boleto? Lo tiré, por eso estoy acá. Múltenme, y ¡terminemos con este absurdo de una vez!

—No me haga reír. Las reglas aquí las ponemos nosotros, no usted. Mire: hágame el favor de irse y volver en cuanto haya recuperado su boleto. ¿O todavía esa parte no se la explicaron?

—No, no me explicaron nada. ¿Qué parte? Esto es ridículo. Una novela de Kafka tiene menos burocracia y más sentido. ¿Desde cuándo hay que guardar el boleto?

—¿Y desde cuándo —protestó una mujer que también esperaba a ser atendida— por tener el boleto una tiene que aguantar todo este tramiterío?

—¿Perdón, cómo dice? —preguntó Freijer—. ¿Usted por qué está acá?

Una voz por parlante los interrumpió:

—Los que tienen boleto, armen fila a la derecha. Los que no lo tienen, a la izquierda. Repito: con boleto a la derecha, sin boleto a la izquierda.

Y la gente se separó como si alguien hubiese derramado ácido en el medio del salón.

Una vez formadas ambas filas, Freijer notó cómo los de la derecha miraban con superioridad a los de la izquierda.

Seguramente —pensó— ellos jamás han cometido semejante atrocidad: perder un boleto. Y por lo tanto se sienten con derecho a despreciarnos. Qué ridículo, yo podría estar ahora en la fila de al lado, y no por eso me creería mejor que nadie.

Los de la fila con boleto entraron en una sala, y los de la fila sin boleto, en otra.

La sala de los sin boleto resultó idéntica a la anterior: interminable, con centenares de sillas puestas en fila, de espaldas a la entrada, y también con ventanillas; aunque en esta, todas sus luces permanecían apagadas. Una boca, volvió a pensar el doctor, pero esta vez sin dientes.

Pronto la gente comenzó a sentarse. El chirrido de las sillas acomodándose se le antojó a Freijer como el crujir amplificado de un estómago vacío.

Una vez que todos ocuparon sus lugares, entró un gordo petiso y pelado, y se ubicó al frente del salón.

—Buenos días —dijo, y miró su reloj pulsera—. O, mejor dicho, buen amanecer, jeje. Soy el Jefe de Inspectores de la línea 97, y vengo a aclarar (aunque me imagino que muchos de ustedes ya lo saben o, al menos, lo sospechan) por qué se los ha demorado hoy aquí, y cómo deben proceder de ahora en adelante.

Al escuchar esto, Freijer se alivió: ¡por fin alguien venía a dar explicaciones!

—Como es evidente, ustedes están aquí por carecer del boleto correspondiente a todo pasajero honrado cuando realiza un viaje en colectivo. Este hecho es un perjuicio enorme para nuestra compañía, y por supuesto para ustedes mismos, por lo que debemos solucionar este incidente de inmediato, para lo cual necesitaremos de su buena voluntad y colaboración.

—¿Pero cómo se atreve…? —tartamudeó un viejo— ¿cómo se atreve a decir que no somos honrados? Nosotros, o yo al menos, saqué mi boleto como es debido, y luego al bajarme, naturalmente, lo tiré.

—Y dígame, Señor Honrado: ¿cómo me consta a mi que lo que usted dice es cierto?¿cómo sé yo que usted no se coló? Además, ¿ustedes no están al tanto de los términos y condiciones de nuestra línea? ¿No saben que es obligatorio conservar el boleto por siempre jamás?

—No, yo no tenía idea —dijo otro con los ojos asombrados—. ¿Cómo es eso de que hay que conservarlo siempre? Esto es nuevo…

—Sí, señor, así como lo oye. ¿O usted no guarda todas las facturas de los servicios que paga?

—Sí, claro que las guardo. Por supuesto que las guardo.

—Bueno, el colectivo es un servicio más, y el boleto hace las veces de factura. Así que de ahora en adelante se me guardan todos los boletos bien guardaditos, porque nuestros inspectores están obligados a reclamarlos cualquier día, a cualquier hora y en cualquier momento y en el espacio público o privado. ¿Quedó claro?

Un murmullo comenzó a gestarse en el salón.

—Así que, como les iba diciendo, para remediar este asunto necesitaremos de su buena voluntad. También debo advertirles que, si no están dispuestos a colaborar, jamás podrán volver a beneficiarse con nuestros servicios. Lo que significa que no podrán volver a tomar la línea 97 y serán proclamados personas no gratas para nuestra Institución. Y eso no es lo más grave: otras líneas podrán prohibirles la entrada a sus vehículos. El mal podría extenderse tanto, que el mayor castigo alcanzaría el destierro a otra ciudad o incluso a otro país. Por eso los inspectores, en su benevolencia, los han traído hoy hasta aquí.

—Esto es insólito —dijo un tipo levantándose de su asiento.

—¿Nos están cargando? —dijo otro.

Estos comentarios fueron in crescendo, y pronto el barullo recordaba al de un motín carcelario.

El Jefe de Inspectores debió ordenar silencio varias veces, hasta que logró mermar la agitación.

—Señores: esta es una empresa nacional, es la empresa que mejor trata a sus clientes, la que tiene los mejores choferes, la más puntual. La de mejores y más cómodos asientos; la que recorre de punta a punta la cuidad. Y la que reconoce y premia. Ahora mismo, en la otra sala, se están entregando diplomas a los pasajeros que han conservado su boleto. Diplomas que acreditan no sólo la buena fe del viajante, sino que además otorgan el derecho a un mes de viajes gratis. Y ustedes mismos podrán obtener este Diploma de Honor, una vez que hayan solucionado este inconveniente.

»Esta es una empresa de todos, cuidémosla. Defendámosla de aquellos que la perjudican, de los piolas que no quieren pagar un boleto. Honremos a nuestros colectivos, que día a día nos llevan, por unas pocas monedas, a nuestros trabajos, a nuestros hogares, a reencontrarnos con gente que se ha mudado a lugares insospechados, remotos. Seamos conscientes que, de no ser por estos maravillosos vehículos, viajar sería por lo menos más incómodo y más costoso.

—Sí, es cierto —gritó un tipo asintiendo con la cabeza.

—Tiene razón —dijo otro casi llorando de emoción.

Y la aprobación se convirtió en un aplauso espontáneo.

—¡Vivan los servicios públicos nacionales!

—¡Vivan!

—¡Vivan los colectivos!

—¡Vivan!

—¡Viva la línea 97!

—¡Viva!

El Jefe de Inspectores dio las gracias, y cuando el ambiente se hubo calmado prosiguió:

—Y ahora les revelaré una particularidad: la producción de nuestros boletos es infinita, y sus números son aleatorios. En algún momento, estos números tienen que repetirse. Es decir, en algún momento habrá dos boletos iguales. El trabajo de ustedes consiste en encontrar el boleto gemelo. El número que se les entregó en la oficina anterior es el número de boleto que deben buscar.

»Existen varias posibilidades:

A) Que alguien ya tenga en su poder el boleto idéntico.

B) Que el boleto se haya extraviado.

C) Que no se haya impreso todavía.

»El primer caso es el más fácil, ya que sólo es necesario encontrar a la persona poseedora del gemelo.

»El segundo incluye al primero: además de buscar entre la gente, tendremos que buscar en la calle, en la vereda, dentro de los mismos colectivos, en los trenes, en las vías. Porque nunca se sabe en qué recóndito lugar del planeta pudo alguien tirar lo que para nosotros es el más valioso de los tesoros. Es decir, tendremos que buscar por todos los lugares posibles.

»El tercer caso incluye al segundo (que, como ya he dicho, incluye al primero). Este es el caso más arduo porque no sabemos siquiera si el boleto existe. Es un trabajo de inteligencia, detectivesco. Cada uno de ustedes deberá investigar qué personas toman este colectivo. Sus nombres, sus oficios o profesiones —aunque esto no es obligatorio, sin embargo, cuantos más datos tengamos mejor—. La cantidad de veces que lo toman, en qué horarios. Y por supuesto y más importante, deberán obtener el boleto que le toca a cada pasajero. Este boleto será atesorado y catalogado en la Gran Lista, y cualquiera de ustedes podrá consultarla para ver si el boleto que buscan se encuentra allí.

»También habrán oído hablar de la doble o triple condena. Estos no son casos habituales, pero es mi obligación informarles de qué se trata: una doble condena significa que el nuevo inspector deberá encontrar, no uno, sino dos pares de boletos gemelos. Y como ya se imaginarán, la triple significa encontrar tres pares idénticos. Pero como ya he dicho, estos son casos extremos y casi nunca suceden.

»Así que de ahora en adelante ustedes serán Inspectores y tendrán el privilegio de trabajar para nuestra Compañía. Estarán autorizados a exigir el boleto, dentro y fuera del colectivo. En este último caso, podrán detener a los transeúntes, siempre que hayan visto, o tal vez sospechado, que el posible infractor acaba de descender de alguno de nuestros vehículos, y exigirles el comprobante correspondiente. Podrán hacer esto y todo cuanto se les ocurra para conseguir la mayor cantidad de boletos posibles.

»Se les entregará una credencial para identificarse ante los pasajeros curiosos o poco crédulos. El que encuentre el gemelo dejará de ser Inspector de boletos, y acto seguido, se le otorgará el Diploma de Honor.


El Dr. Freijer no podía permitirse que dudaran de su honestidad. Y mucho menos ser declarado persona no grata, o incluso y aún más bochornoso, que lo echaran a él, al gran Dr Freijer, de su ciudad o de su amado país. Él había perdido el boleto y ahora esta maravillosa Compañía le daba la oportunidad de retractarse. Debía hacer todo lo posible por encontrar el gemelo. Debía redimirse.


Al día siguiente, el doctor fue a su consultorio, no sin antes estrenar por el camino su nueva credencial.

Una vez por semana, al salir del trabajo, se dirigía hacia las Oficinas de la Terminal y entregaba todos los boletos conseguidos. También, como parte del ritual, consultaba la Gran Lista.


El tiempo pasaba, y él se dedicaba más a conseguir boletos —que obtenía no sólo de los pasajeros, sino también del piso y los tachos— que a su propia consulta.

Instaba a los pacientes a contribuir con su insólita recolección. Los que cooperaban, recibían un trato preferencial: eran los primeros en ser atendidos, y sus maneras para con ellos se habían tornado visiblemente más corteses. Esto indignaba a los otros, quienes pronto dejaron de atenderse con él.

Y no fueron los únicos. Incluso aquellos que al principio se solidarizaron, empezaron a sentirse incómodos ante el doctor. Su aspecto ya no era el mismo: sus manos más torpes, y no del todo limpias, su guardapolvo ennegrecido, revelaban una atención cada vez más dispersa. Y sus conversaciones —sus monólogos— siempre girando en torno de los boletos y la honradez, eran historias inverosímiles que los pacientes nunca llegaron a comprender.

Así fue como el doctor empezó a tener más tiempo libre. Hubo días en que ya ni siquiera iba a trabajar. Dejó de ir a su casa a dormir, para no perder esas valiosas horas de la noche en las que, seguramente, un pasajero podría tener el boleto que le devolvería su honestidad. La obsesión y la ansiedad desenterraron viejos vicios, y pronto se vio mendigando para cigarrillos y alcohol.


Hacía mucho que el Dr. Freijer no pasaba por las Oficinas de la Terminal, aunque seguía buscando. Buscaba los boletos de siempre, pero ya no usaba su vieja credencial: la gente le rehuía. Con el traje mugriento y oliendo a vino, hoy todavía se lo puede ver por las calles, buscando entre la basura la prueba de su integridad.