Afuera

Sentado al borde de la cama, esperé a que se fuese la enfermera para escupir las pastillas. Ya no soportaba el silencio al que me inducían. Debía avisar a todos lo que estaba pasando allá afuera. Por eso, decidí escupir algo más que los medicamentos. Dejar constancia de aquel horror, y aprovechar el poco tiempo en que mi conciencia era algo más que el sueño de una mancha negra.  Necesitaba volver a las calles, escuchar otra vez los ruidos de los autos, ver los negocios, la gente. Sobre todo la gente. Entonces, no sin escalofríos, junté valor y salí. Me escapé.

El atardecer es extraño. Es lento, indeciso. Como si al cielo le faltaran agallas para hacerse de noche; como si tuviera miedo de su propia oscuridad. 
La calle está desierta y, en días de partido como hoy, su desolación contrasta con la euforia que agita a los bares.

El televisor es un imán para los ojos: por más que no me interese, aquí estoy, como todos, mirando la pantalla.
Una copa, y otra más. Y el partido no es lo único que me llama la atención. El tipo de la última mesa sobresale porque quiere pasar inadvertido. Nada más desacertado: en un lugar lleno de gente a los gritos, para desaparecer, también hay que gritar.

Me mira fijo. Como si él también supiera lo que ocurre. Parece triste, y está borracho. Se le nota en los ojos vidriosos, y en la torpeza de sus movimientos.


Desde el bar se veía un cielo cada vez más tormentoso. No sé cuánto tiempo permanecí absorto, hipnotizado por las gotas de lluvia que dibujaban figuras sobre el ventanal. Se arrastraban en zigzag, borrachas. No eran las únicas, pensé y automáticamente lo volví a buscar con la mirada.

Él también se arrastraba zigzagueando. Y, ante una clientela indolente, trataba con tosca dificultad, de subirse a una de las mesas. Una vez arriba, y haciendo equilibrio contra la pared, articuló como pudo estas palabras:

—¡Señoras y señores: présteme atención!

Y su voz retumbó grave. Se produjo un silencio, como si todo el bar se hubiera sumergido de pronto en el fondo del océano.

—Hay una fábrica que está haciendo zapatos con gente. ¡Sí, señor! ¡Con gente! Les arrancan la piel para usarla como cuero! ¡Estén alerta! ¡Nos quieren transformar en zapatos!

Tres mozos se acercaron a la mesa para obligarlo a bajar, pero él se había aferrado al matafuego.

—Los dueños de la fábrica —siguió gritando— se infiltran por todos lados: colegios, iglesias, hospitales. Haciéndose pasar por amigos, profesores, médicos. Con el indiscutible cuento de que en la vida hay que ser útiles.

Los clientes se miraban incómodos. Algunos se fueron. Otros seguían charlando indiferentes.

—Así, día tras día, van sumando adeptos, y después ¡zácate!: los meten a todos en una jaula, presionan la palanca y ¡pum! la gente sale felizmente útil, convertida en zapatos. Útiles zapatos de todos los talles y colores.

En la barra el cajero hablaba por teléfono.

—Algunos —prosiguió— son zapatos voluntarios, pero a muchos los engañan con promesas de utilidad, perpetuidad y conciencia. ¡Utilidad, perpetuidad y conciencia! Ese es el eslogan que utilizan. ¡No se dejen engañar! No crean en nadie, no hablen con nadie y sobre todo ¡no compren zapatos!

— ¿Y en qué vamos a andar? —preguntó uno—. ¿En patas?

Se oyeron risas. Las personas se miraban cómplices, burlándose de aquel pobre hombre que vaticinaba, de manera un poco extraña, el fin de la humanidad.

Otra vez los mozos intentaron echarlo. Pero el tipo giró la válvula del matafuego, y los roció implacablemente hasta que logró extinguir sus intenciones: la nieve los cubrió por completo y, más húmedos que perplejos, los muchachos se vieron obligados a abandonar el salón, en busca de ropa seca y alguna ginebra tranquilizadora.

Nos quedamos atónitos. Y advertí que el tipo, desde su insólito pedestal, me había clavado la mirada. ¡Otra vez! Quizás por eso tuve la impresión de que nos conocíamos de algún lado, o que algo secretamente nos unía. Como dos miembros de un mismo clan que no se han visto nunca, pero que al encontrarse saben que pertenecen a él.

Me puse nervioso y bajé la vista. Cuando miré de nuevo los vi, en el espejo: delante y detrás de mí. Acechando.

Entonces alguien me ayudó a bajar de la mesa y me fui. Me llevaron. Mareado y descalzo. Temblando, y con la certeza de que el universo se acaba y que a nadie le importa.


Una versión corta fue publicada en el Suplemento cultural del diario Perfil, en mayo de 2011.